Apenas llevaba unas horas en Madrid cuando Jaycee Carroll pisó por primera el vestuario del Real Madrid. El americano estaba acostumbrado a ser el centro de atención. Lo había sido durante años en la universidad de Utah State, donde fue máximo anotador durante cuatro temporadas, y después en Gran Canaria, líder absoluto de ese Herbalife que crecía de su mano soñando con hacerse grande. Su fichaje por el conjunto blanco era uno de los más ilusionantes para la afición blanca, deprimida por años de crisis y varapalos del Barcelona, pero Pablo Laso apenas tardó unos minutos en mostrarle que el camino en Madrid no pasaba por el liderazgo, sino por el esfuerzo colectivo.

Esa fue la primera lección que Carroll aprendió aquella primera tarde de entrenamiento a las órdenes del técnico vasco. Un cambio de rol que le costó entender, pero que enseguida asumió, como él mismo afirmaba años después en ABC. «Vine de Gran Canaria donde había sido dos años seguidos el mejor escolta. Allí, casi todos los balones pasaban por mi mano… y de repente al llegar a Madrid todo era distinto», asumía. El choque fue brutal para Carroll, que supo adaptarse a la realidad y convertirse en pieza útil para el equipo. Esa tarde, Jaycee conoció a sus nuevos compañeros, entre los que estaban Felipe Reyes y Sergio Llull, los únicos que aún se mantienen de esa primera temporada con Laso.

Los tres han sobrevivido a seis temporadas de vaivenes que comenzaron en el verano de 2011 con un proyecto modesto y de perfil bajo, y que seis años después se ha convertido en el Real Madrid más exitoso de su historia. Juntos han sumado trece títulos y han devuelto al club a lo más alto de la canasta nacional y europea. «Ese día, cuando empezamos a trabajar con el nuevo técnico, no podía esperar que fueran a venir tantos títulos. Cuando llegó este señor (Laso) empezamos a creer en nuestras posibilidades. Nos hizo jugar con un estilo que nos venía bien a todos y nos dio ese empujón que necesitábamos para sacar esa calidad y ganar estos títulos», reconocía Llull el domingo después de ganar su quinta Copa del Rey en seis años.

En ese tiempo, el balear ha pasado de ser un actor de reparto a uno de los mejores jugadores de Europa. Crecimiento exponencial en el que tuvo mucho que ver el técnico madridista. Laso le situó desde el primer día como director de orquesta, aunque muchos pensaban que Llull no valía para esa posición. Su precipitación se fue serenando y con ella los errores en la dirección. Nadie como Laso –cinco temporadas como base del Madrid– para entender y conducir al balear. «Él fue jugador aquí y nos ha sabido ayudar y aconsejar durante estos años», dice Llull.

Además del técnico, Felipe Reyes ha ejercido de padre en el vestuario. El veterano de la plantilla es el tercer integrante del trío que mantiene la esencia del proyecto que se inició en 2011. Reyes, además de ser una pieza clave en la pista, ha sido importante para moldear a los recién llegados y marcar una línea constante de trabajo dentro y fuera de la cancha. «Creo que es el título en el que más hemos sufrido y por eso nos vamos contentos a casa», decía el capitán, cuyo rol a los 37 años sigue siendo predominante.

La Euroliga en el horizonte
Junto a Llull y Carroll ha sabido trasladar el espíritu colectivo que Laso instauró cuando aterrizó en Madrid, con el que se ha devuelto la ilusión a la maltrecha afición blanca y se han logrado los títulos. Valores clásicos que habían estado latentes en el club, pero que nadie se había atrevido a poner sobre la mesa por considerarlos demodé. Baloncesto alegre y veloz. Juego colectivo sin miedo al error, asentado en el corazón y la fe inquebrantable en el triunfo. Con talento. Cualidades todas que encierran en sí mismos Carroll, Llull y Reyes. La esencia del vestuario blanco que se mantiene viva seis años después de la llegada de Laso y que amenaza con extender su ambición a la Euroliga y la ACB.
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