En solo cuatro años (2011-2015), Nigel Pearson llevó al Leicester de la ruina de la «League 2» (la tercera división inglesa) al confeti de la Premier. Una vez allí, obró su último milagro, ganar siete de los últimos nueve partidos y atrapar una permanencia agónica. Vichai Srivaddhanaprabha, el presidente tailandés del Leicester, le ‘premió’ con un despido: «¿Claudio Ranieri? ¿En serio?», escribió en su cuenta de Twitter Gary Lineker, reconocido hincha de los «foxes», cuando el mandatario de apellido impronunciable anunció el fichaje del italiano en julio de 2015.

Treinta años en los banquillos, catorce equipos y una selección. Veterano recorrido para tan poco lustre: Copa de Italia con la Fiorentina y Copa del Rey y Supercopa de Europa con el Valencia. Así que salvar al Leicester sin la angustia de la temporada anterior era su reto. Pero de la mano de un grupo de desconocidos futbolistas, ávidos de dejar la portería a cero cada domingo para ser invitados a pizza por su entrenador, y picados en su orgullo por haber escuchado que «no eran lo suficientemente buenos», Ranieri edificó una de la mayores proezas de la historia del fútbol: ganar una Premier League sin entrenar a Chelsea, United, City, Arsenal o Liverpool.
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